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SE PRENDIÓ ESTA VAINA

  • Foto del escritor: Eliana Lucía Diazgranados
    Eliana Lucía Diazgranados
  • 16 mar 2018
  • 4 Min. de lectura

Día: 25 de febrero, hora: 10 de la mañana, ubicación: Barranquilla. La ciudad está encendida, el calor y la música que sale de los parlantes se mezclan preparando a los novatos para lo que se avecina.


En definitiva este no es cualquier sábado, todo el mundo va por la calle hacia el mismo lugar en diferentes direcciones, como si una fuerza superior los arrastrara hasta allá, y no hay quien se obstine o se oponga al impulso de seguir peregrinando para presenciar el gran desfile de la Batalla de Flores, la apertura caleidoscópica del Carnaval de Barranquilla.


Colorida y melodiosa como ella sola, la Batalla de Flores, deja de ser un evento y se convierte en una entidad folclórica poderosa, y por tradición la más importante de la ciudad, de la región, del país e incluso del mundo por la cantidad de turistas que seduce, dado que requiere de mucha dedicación y una organización anticipada por parte del equipo creativo del carnaval y la Corporación Cultural de Barranquilla.


11:30 de la mañana, se siente un movimiento divertido en la planta de los pies, significado de que el asfalto de la vía 40 vibra al son de una percusión de tambores que se acercan cada vez más. Nada más qué decir, nada más qué hacer… “papi, se prendió esta vaina”.


Así comienza una procesión musical de enormes carrozas y extensas comparsas que componen el desfile. Pero que no les parezca aburrido, por favor, ¡es todo lo contrario! Todas detonan pigmentos y expresiones corporales diferentes, originales que tiñen la calle con diversos tonos alusivos a la temática que adopta cada una, por ejemplo la de la Reina del Carnaval Stephanie ‘Fefi’ Mendoza que cubre la vía con azul, blanco y plateado homenajeando al río Magdalena y al Mar Caribe así como a su fauna y flora.


El desfile es todo un espectáculo, la majestuosidad de los monocucos, el sonido de la banda, los jóvenes y niños que danzan orgullosos con sus disfraces y la alegría de los espectadores al ver una obra de arte andante supongo que hace el bochorno del calor más llevadero.


La Batalla de Flores es tan hermosa y resplandeciente que hasta el mismo sol se pone unas Ray-Ban para poder apreciar su reflejo en las lentejuelas y la escarcha en los trajes, tocados y maquillaje de las comparsas.


Son 22 carrozas que se movilizan por la 40, una con la cabeza de un caimán gigante color verde vivo y picarón con el Rey Momo, otra con guacamayas multicolores que le hacen oda a la fauna del Magdalena, y así también se pasean frente a nosotros con sonrisas de oreja a oreja y actitud recochera los garabatos, las cumbiambas con flores tan rojas como los labios de las mujeres que las llevan en la cabeza, las marimondas que asustan a más de un ‘pelaito’ y una sarta de colores anaranjados, amarillos y azul rey encarnados en movimientos rompe caderas y zapateo alborotado.


Y en medio de un tumulto de personas sin un lugar en los palcos estoy yo, vivenciando por primera vez el Carnaval, con el solazo de las 12 del día -ese que nada más se soporta a punta del flujo de cervezas bien frías y bolsas de agua-, los pies hirviendo y los cachetes rojos como los del cachaco que está como a dos centímetros de mí. Sin embargo todos se ven cómodos en este ambiente agitado.


Es imposible pasar por desapercibido si no te mueves al ritmo de la música ni tienes sobre tu piel algo que no sea sudor… entonces recibo lo que es justo y necesario para entrar en ambiente: una mano desconocida desparrama sobre mí un buen puñado de un polvo que a simple vista se confunde con el que trafican los narcos a ‘los yunais’, pero, ¿quién se pone a desperdiciar esas cosas?


Bienvenida al Carnaval de Barranquilla, primípara. Me han bautizado en maicena, “pa’ que te la vaciles toda”, como me había dicho el señor Anselmo Pérez cuando me vendió la primera fría del día después de contarme que desde el día anterior había tenido que improvisar de rapidez una cargadera para la cava de icopor porque le había estado yendo bien y tenía que sacarle buen provecho al Carnaval.


Me llama la atención una señora en el palco con su esposo y sus dos hijitos, que se apasiona por que muevan los hombros al compás de la música “así, ve, así como yo”, les dice. Laura Soto se llama y me comenta que “me gusta venir al desfile porque es algo cultural, porque me encanta ver cómo los niños desde que están pequeños comienzan a identificarse con nuestra cultura y es algo que solamente se ve aquí en Barranquilla”, y que le gusta mucho ver a personas de todas las edades bailando.


A pesar de todo, a la gente la aqueja algo más que la incandescencia del sol: la espera. Un muchacho que camina sosteniendo una bolsa de agua con los dientes, llamado Jorge está disgustado por los espacios prolongados entre algunas comparsas, “es un desorden, nunca había visto algo como esto en un carnaval”, cosa que no le puedo refutar, pues nunca había asistido a esta fiesta pero mientras haya recocha, maicena y guaro voy a seguir disfrutándolo porque “QUIEN LO VIVE ES QUIEN LO GOZA” ¿o no?

 
 
 

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