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  • Foto del escritor: Eliana Lucía Diazgranados
    Eliana Lucía Diazgranados
  • 16 mar 2018
  • 2 Min. de lectura

“Cada hora del hombre es un lugar vivo de nuestra existencia que ocurre una sola vez, irremplazable para siempre.”


Con esta frase reflexiva, Ernesto Sábato explica que la grandeza de la vida se compone en una serie de momentos –incluso aquellos que parezcan irrelevantes- únicos, imposible de ser repetidos y de suprema importancia en la travesía del hombre a lo largo del tiempo.


En una sociedad que avanza de una manera fugaz, cada individuo se ve en la obligación de correr para alcanzar, no sus propias metas, sino las que ésta le ha condicionado; lo cual supone un cambio en la percepción que se tiene de la vida, que se ha vuelto tan rutinaria que no nos permitimos otra cosa más que cumplir con el 9 to 5.


Por lo tanto, algo bastante claro pero que a la vez no deja de ser curioso es que no todas las consecuencias del progreso de la sociedad son positivas, y la que más abate a alguien que piensa en el curso de la humanidad es su misma decadencia.


Cada vez el ser humano se aísla más de su entorno porque prefiere ver su reflejo en el espejo negro de los dispositivos electrónicos que entablar una conversación cara a cara con un semejante. El auge de la tecnología es un arma de doble filo cuyo impacto nos ha hecho creer que podemos encontrar entretención y compañía en el televisor o enviando un mensaje de texto con emojis.


Pero eso no es suficiente, solo prueba que no hemos vuelto indiferentes, que los valores están perdidos. Todo da igual porque no tenemos tiempo para conectar con lo que nos rodea y pensar a cerca de eso, entonces lo damos por “normal… nada de qué sorprenderse”.


Es inconcebible, entonces, como dice Sábato, que el hombre siga siendo humano, pues la velocidad a la que vamos y el estilo de vida de engranaje de un sistema social son fatales. Es necesario que cambiemos el ritmo de nuestra rutina -¿y por qué no romperla de vez en cuando?-, es necesario estar sereno, es necesario resistir.


El autor lo expone como “algo menos formidable, más pequeño, como la fe en un milagro […]. Algo que corresponde a la noche en que vivimos, apenas una vela, algo con qué esperar.”.

No es más que entender que el reconocimiento de los otros prima sobre la satisfacción que ofrecen los aparatos tecnológicos; que, en pocas palabras, la unión hace la fuerza… Y que lo más importante es mantenerse fiel a uno mismo ante los cambios.

 
 
 
  • Foto del escritor: Eliana Lucía Diazgranados
    Eliana Lucía Diazgranados
  • 16 mar 2018
  • 3 Min. de lectura

El 23 de septiembre de 1999 fue el día en el que la tranquilidad tuvo punto final para las familias de La Mesa, un corregimiento al norte de Valledupar que se vio azotado por la crueldad de un grupo paramilitar.


De allí es oriunda Luz Estela Rodríguez, que tuvo que desplazarse hacia Valledupar con su mamá y sus dos hijos con el fin de recuperar la estabilidad económica y la calidad de vida que alguna vez tuvo.


La señora Luz cuenta que los hombres que llegaron ese día estaban uniformados y no se les podía ver la cara. Nadie tenía idea de quiénes eran ni para qué habían llegado ahí, hasta que el comandante del grupo dio la orden de reunir a los adultos en la cancha, en donde proclamó que eran las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que iban a realizar una limpieza en la zona para dejarla libre de la guerrilla, y amenazó de muerte y castigo a todos aquellos que se opusieran a la ley.


Desde ese momento, dice Luz Estela, cayó la desgracia sobre el pueblo; los paramilitares comenzaron a cobrar vacunas a los campesinos, dueños de fincas y locales comerciales para que aportaran a “la causa”, y se encontraban cuerpos sin vida tirados en la carretera como escarmiento para los desobedientes.


Por estar aportando a “la causa” su familia quedó en la ruina y al no tener más dinero para saldar las cuentas, las AUC los obligaron a entregar sus tierras y sus posesiones, a lo que su padre y su marido se opusieron por miedo de quedar en la calle, pero los paramilitares acabaron cobrando el aporte con la sangre de ambos.


Luz Estela, su mamá y sus dos hijos quedaron desamparados, viendo a Valledupar como su única opción de supervivencia, casi como el sueño americano.


“Aquí llegamos, no sé ni cómo. Yo digo que fue un ángel que Dios nos puso en el camino, porque íbamos caminando y un carro que iba pasando paró y nos preguntó que pa’ onde íbamos y nos trajeron pa’ acá”, cuenta la señora Luz, muy serena, mientras prepara el almuerzo en la cocina de ‘La patrona’ como le dice a la dueña de la casa en la que trabaja hasta las cinco de la tarde.


Luz Estela Rodríguez es una mujer morena de cabello largo, negro y trenzado que lucha por sacar a sus hijos y a su mamá adelante. Todas las mañanas madruga para dejar el desayuno listo sobre la mesa y salir a ganarse la vida haciendo oficios varios en una casa de familia de lunes a sábado.


La tristeza la invade cada vez que tiene que pedir dinero prestado para poder costearle los medicamentos y cubrir las necesidades básicas para su familia, a veces el dinero que gana no es suficiente pero se esfuerza todo lo posible por pagar sus deudas a tiempo.


Recuerda que en otra época, antes de que los paramilitares les quitaran todo no sufrían por tales cosas, todo estaba ahí al alcance de su mano. A su marido y su padre los retrata como hombres maravillosos que llevaban la comida a la casa y trataban de tener a la familia cómoda y feliz. Ella solo tenía que dedicarse al oficio y a sus hijos.


El cambio de vida la conmocionó bastante, pero como fiel creyente de Dios, admite que era algo que necesitaba para darse cuenta de las cosas, para ser más responsable, aunque fuera de una manera tan fuerte.


A Luz le costó mucho adaptarse al principio, pero con el tiempo dice que le tocó aprender a aceptar que esa era su situación y tenía que hacer lo máximo para seguir el ejemplo de su papá en la casa.


Si ella tuviera la oportunidad de encontrarse con alguno de los victimarios que hicieron de su vida un infierno del que busca con ansias salir, le preguntaría: “¿para qué hicieron todo eso?”, le contaría las necesidades por las que está pasando y si se diera el caso, les ofrecería ayuda y hasta un espacio en su humilde morada.


Asegura que guardando resentimiento no gana nada pero no está dispuesta a olvidar todo lo que los paramilitares le quitaron por la avaricia y la maldad.


El proceso de paz dice que la tiene sin cuidado, porque no le va a devolver a sus familiares por más que quisiera y soñara con eso, solo espera que se haga justicia divina y que sea Dios quien obre sobre todas las cosas.

 
 
 
  • Foto del escritor: Eliana Lucía Diazgranados
    Eliana Lucía Diazgranados
  • 16 mar 2018
  • 4 Min. de lectura

Día: 25 de febrero, hora: 10 de la mañana, ubicación: Barranquilla. La ciudad está encendida, el calor y la música que sale de los parlantes se mezclan preparando a los novatos para lo que se avecina.


En definitiva este no es cualquier sábado, todo el mundo va por la calle hacia el mismo lugar en diferentes direcciones, como si una fuerza superior los arrastrara hasta allá, y no hay quien se obstine o se oponga al impulso de seguir peregrinando para presenciar el gran desfile de la Batalla de Flores, la apertura caleidoscópica del Carnaval de Barranquilla.


Colorida y melodiosa como ella sola, la Batalla de Flores, deja de ser un evento y se convierte en una entidad folclórica poderosa, y por tradición la más importante de la ciudad, de la región, del país e incluso del mundo por la cantidad de turistas que seduce, dado que requiere de mucha dedicación y una organización anticipada por parte del equipo creativo del carnaval y la Corporación Cultural de Barranquilla.


11:30 de la mañana, se siente un movimiento divertido en la planta de los pies, significado de que el asfalto de la vía 40 vibra al son de una percusión de tambores que se acercan cada vez más. Nada más qué decir, nada más qué hacer… “papi, se prendió esta vaina”.


Así comienza una procesión musical de enormes carrozas y extensas comparsas que componen el desfile. Pero que no les parezca aburrido, por favor, ¡es todo lo contrario! Todas detonan pigmentos y expresiones corporales diferentes, originales que tiñen la calle con diversos tonos alusivos a la temática que adopta cada una, por ejemplo la de la Reina del Carnaval Stephanie ‘Fefi’ Mendoza que cubre la vía con azul, blanco y plateado homenajeando al río Magdalena y al Mar Caribe así como a su fauna y flora.


El desfile es todo un espectáculo, la majestuosidad de los monocucos, el sonido de la banda, los jóvenes y niños que danzan orgullosos con sus disfraces y la alegría de los espectadores al ver una obra de arte andante supongo que hace el bochorno del calor más llevadero.


La Batalla de Flores es tan hermosa y resplandeciente que hasta el mismo sol se pone unas Ray-Ban para poder apreciar su reflejo en las lentejuelas y la escarcha en los trajes, tocados y maquillaje de las comparsas.


Son 22 carrozas que se movilizan por la 40, una con la cabeza de un caimán gigante color verde vivo y picarón con el Rey Momo, otra con guacamayas multicolores que le hacen oda a la fauna del Magdalena, y así también se pasean frente a nosotros con sonrisas de oreja a oreja y actitud recochera los garabatos, las cumbiambas con flores tan rojas como los labios de las mujeres que las llevan en la cabeza, las marimondas que asustan a más de un ‘pelaito’ y una sarta de colores anaranjados, amarillos y azul rey encarnados en movimientos rompe caderas y zapateo alborotado.


Y en medio de un tumulto de personas sin un lugar en los palcos estoy yo, vivenciando por primera vez el Carnaval, con el solazo de las 12 del día -ese que nada más se soporta a punta del flujo de cervezas bien frías y bolsas de agua-, los pies hirviendo y los cachetes rojos como los del cachaco que está como a dos centímetros de mí. Sin embargo todos se ven cómodos en este ambiente agitado.


Es imposible pasar por desapercibido si no te mueves al ritmo de la música ni tienes sobre tu piel algo que no sea sudor… entonces recibo lo que es justo y necesario para entrar en ambiente: una mano desconocida desparrama sobre mí un buen puñado de un polvo que a simple vista se confunde con el que trafican los narcos a ‘los yunais’, pero, ¿quién se pone a desperdiciar esas cosas?


Bienvenida al Carnaval de Barranquilla, primípara. Me han bautizado en maicena, “pa’ que te la vaciles toda”, como me había dicho el señor Anselmo Pérez cuando me vendió la primera fría del día después de contarme que desde el día anterior había tenido que improvisar de rapidez una cargadera para la cava de icopor porque le había estado yendo bien y tenía que sacarle buen provecho al Carnaval.


Me llama la atención una señora en el palco con su esposo y sus dos hijitos, que se apasiona por que muevan los hombros al compás de la música “así, ve, así como yo”, les dice. Laura Soto se llama y me comenta que “me gusta venir al desfile porque es algo cultural, porque me encanta ver cómo los niños desde que están pequeños comienzan a identificarse con nuestra cultura y es algo que solamente se ve aquí en Barranquilla”, y que le gusta mucho ver a personas de todas las edades bailando.


A pesar de todo, a la gente la aqueja algo más que la incandescencia del sol: la espera. Un muchacho que camina sosteniendo una bolsa de agua con los dientes, llamado Jorge está disgustado por los espacios prolongados entre algunas comparsas, “es un desorden, nunca había visto algo como esto en un carnaval”, cosa que no le puedo refutar, pues nunca había asistido a esta fiesta pero mientras haya recocha, maicena y guaro voy a seguir disfrutándolo porque “QUIEN LO VIVE ES QUIEN LO GOZA” ¿o no?

 
 
 
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