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EL SUEÑO AMERICANO SE VIVE EN VALLEDUPAR

  • Foto del escritor: Eliana Lucía Diazgranados
    Eliana Lucía Diazgranados
  • 16 mar 2018
  • 3 Min. de lectura

El 23 de septiembre de 1999 fue el día en el que la tranquilidad tuvo punto final para las familias de La Mesa, un corregimiento al norte de Valledupar que se vio azotado por la crueldad de un grupo paramilitar.


De allí es oriunda Luz Estela Rodríguez, que tuvo que desplazarse hacia Valledupar con su mamá y sus dos hijos con el fin de recuperar la estabilidad económica y la calidad de vida que alguna vez tuvo.


La señora Luz cuenta que los hombres que llegaron ese día estaban uniformados y no se les podía ver la cara. Nadie tenía idea de quiénes eran ni para qué habían llegado ahí, hasta que el comandante del grupo dio la orden de reunir a los adultos en la cancha, en donde proclamó que eran las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que iban a realizar una limpieza en la zona para dejarla libre de la guerrilla, y amenazó de muerte y castigo a todos aquellos que se opusieran a la ley.


Desde ese momento, dice Luz Estela, cayó la desgracia sobre el pueblo; los paramilitares comenzaron a cobrar vacunas a los campesinos, dueños de fincas y locales comerciales para que aportaran a “la causa”, y se encontraban cuerpos sin vida tirados en la carretera como escarmiento para los desobedientes.


Por estar aportando a “la causa” su familia quedó en la ruina y al no tener más dinero para saldar las cuentas, las AUC los obligaron a entregar sus tierras y sus posesiones, a lo que su padre y su marido se opusieron por miedo de quedar en la calle, pero los paramilitares acabaron cobrando el aporte con la sangre de ambos.


Luz Estela, su mamá y sus dos hijos quedaron desamparados, viendo a Valledupar como su única opción de supervivencia, casi como el sueño americano.


“Aquí llegamos, no sé ni cómo. Yo digo que fue un ángel que Dios nos puso en el camino, porque íbamos caminando y un carro que iba pasando paró y nos preguntó que pa’ onde íbamos y nos trajeron pa’ acá”, cuenta la señora Luz, muy serena, mientras prepara el almuerzo en la cocina de ‘La patrona’ como le dice a la dueña de la casa en la que trabaja hasta las cinco de la tarde.


Luz Estela Rodríguez es una mujer morena de cabello largo, negro y trenzado que lucha por sacar a sus hijos y a su mamá adelante. Todas las mañanas madruga para dejar el desayuno listo sobre la mesa y salir a ganarse la vida haciendo oficios varios en una casa de familia de lunes a sábado.


La tristeza la invade cada vez que tiene que pedir dinero prestado para poder costearle los medicamentos y cubrir las necesidades básicas para su familia, a veces el dinero que gana no es suficiente pero se esfuerza todo lo posible por pagar sus deudas a tiempo.


Recuerda que en otra época, antes de que los paramilitares les quitaran todo no sufrían por tales cosas, todo estaba ahí al alcance de su mano. A su marido y su padre los retrata como hombres maravillosos que llevaban la comida a la casa y trataban de tener a la familia cómoda y feliz. Ella solo tenía que dedicarse al oficio y a sus hijos.


El cambio de vida la conmocionó bastante, pero como fiel creyente de Dios, admite que era algo que necesitaba para darse cuenta de las cosas, para ser más responsable, aunque fuera de una manera tan fuerte.


A Luz le costó mucho adaptarse al principio, pero con el tiempo dice que le tocó aprender a aceptar que esa era su situación y tenía que hacer lo máximo para seguir el ejemplo de su papá en la casa.


Si ella tuviera la oportunidad de encontrarse con alguno de los victimarios que hicieron de su vida un infierno del que busca con ansias salir, le preguntaría: “¿para qué hicieron todo eso?”, le contaría las necesidades por las que está pasando y si se diera el caso, les ofrecería ayuda y hasta un espacio en su humilde morada.


Asegura que guardando resentimiento no gana nada pero no está dispuesta a olvidar todo lo que los paramilitares le quitaron por la avaricia y la maldad.


El proceso de paz dice que la tiene sin cuidado, porque no le va a devolver a sus familiares por más que quisiera y soñara con eso, solo espera que se haga justicia divina y que sea Dios quien obre sobre todas las cosas.

 
 
 

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